sábado, 19 de febrero de 2011

El viento invisible

Me imagino que existe un grado en la temperatura, muy exacto. Un grado que no puede subir una milésima ni una millonésima, ni mucho menos bajar. Porque entonces no sería el grado que es. Es un grado peculiar: es el grado invisible. Pasa inadvertido al cuerpo, al tacto, al paladar, a la nariz; no causa ninguna impresión. El viento invisible no refresca, ni sofoca; no pasa inadvertido porque mueve cosas, te alborota el pelo, te abre la chaqueta, pero no es como el viento de toda la vida...
Muy poca gente ha conocido el viento invisible o el grado invisible. Hay incluso quien piensa que no existe. '¿Algo que no da ni frío ni calor, templado completamente? ¡¡eso es imposible!!', dicen. Pero yo sé que existe. Hay relatos sobre ello, incluso había sabios, en los tiempos antiguos, que sabían cómo hacerlo aparecer. El primero que leí fue jugando en casa de mi abuela. Subiendo entre los libros vi uno con las tapas y el lomo en blanco. Me acuerdo perfectamente, estaba el tercero empezando por la izquierda, en el penúltimo estante de esa interminable pared de libros. Era beis claro, relativamente grueso, con páginas muy duras. Al abrir el libro por las antepáginas aparecieron ante mí dibujos de animales, preciosos, en una cacería. Animales exóticos de las Américas, los reconocí. Pasé un taquito de páginas, y leí:
Esta tarde hemos probado la bebida que los indígenas beben en sus fiestas y ceremonias. Hemos observado que tras conseguir el fruto y preparar la bebida, realizan un discreto y largo ritual en el que la textura del chocolate, al principio oscura y granulada, va variando hasta llegar a un punto de homogeneidad perceptible a la vista. Entonces, el jefe nos lo dio a probar.
Entonces entendí los extraños movimientos y gemidos de los indígenas al tomar la bebida. No sólo éso, sino que los viví, con más volumen e intensidad de la que en ese momento podía apreciar. Era sabor puro, algo amargo quizás, pero realmente sabroso. No sabría decir si estaba frío o caliente; después de mucho tiempo, creo que simplemente no tenía temperatura. No me causó ninguna sensación en la boca más que su textura y su sabor, su aroma.
Al parecer, el ritual que efectúan tras su preparación es para expulsar a los espíritus del calor y del frío. Al salir, los espíritus levantan vientos que mueven las palmeras y nuestros ropajes, pero no los sentimos en nuestra cara o en nuestras manos. No parece real, es como un viento soñado, como ver una orquesta y no oírla.

Quedé maravillado ante el relato de aquel colono: así que un chocolate que no estaba frío ni caliente...Sin duda despertó mi curiosidad. Busqué más acerca de ello; pregunté en tiendas, bibliotecas, y cuando lo tuve, en internet. Y ahora lo he probado.

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